Santos: Esteban de Roma, protomártir; Dionisio I, Papa
y Zenón de Gaza, obispo. Fiesta (Rojo)
EL MARTIRIO DE ESTEBAN
Hch 6,8-10; 7, 54-60; Mt
10,17-22
El amplio relato del martirio de Esteban dejó una marca profunda y
significativa en la vida de los primeros cristianos. Su entereza interior y la
valentía para enfrentar inteligentemente a sus adversarios, apelando a las
raíces históricas de Israel lo convirtieron en un referente para los discípulos
de origen griego, que conformaban la comunidad cristiana de Jerusalén. La
semejanza entre las causas de su martirio y la ejecución del Señor Jesús eran
notorias. La actitud profética y libre con que ambos se posicionaron ante las
instituciones más veneradas de Israel, a saber, la Ley y el Templo generó una
hostilidad tan desbocada que se convirtió en violencia homicida. El Evangelio
de san Mateo nos anticipa los sucesos violentos que encontrarían los misioneros
cristianos. A la vez, nos reitera la otra cara de la realidad. Los cristianos
que vivieron radicalmente su fe no realizaron ninguna acción heroica,
simplemente fueron fieles al impulso del Espíritu. Esteban, lleno de Espíritu
Santo, los animó a resistir pacientemente en la prueba.
ANTÍFONA DE ENTRADA
Las puertas del cielo se abrieron para san
Esteban, el primero de los mártires, y por esto ha recibido el premio de la
gloria.
Se dice Gloria.
ORACIÓN COLECTA
Dios nuestro, que concediste a san Esteban, protomártir, fortaleza
para orar por sus verdugos, haz que, a imitación suya, sepamos perdonar de
corazón a cuantos nos hayan ofendido o causado algún mal. Por nuestro Señor
Jesucristo...
LITURGIA DE LA PALABRA
Estoy viendo los cielos abiertos.
Del libro de los Hechos de
los Apóstoles: 6, 8-10; 7, 54-60
En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba
grandes prodigios y signos entre la gente.
Algunos judíos de la sinagoga llamada "de los Libertos", procedentes
de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero
no podían refutar la sabiduría y el Espíritu con que hablaba. Al oír estas
cosas, los miembros del sanedrín se enfurecieron y rechinaban los dientes de
rabia contra él.
Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, miró al cielo, vio la gloria de Dios y
a Jesús, que estaba de pie a la derecha de Dios, y dijo: "Estoy viendo los
cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios".
Entonces los miembros del sanedrín gritaron con fuerza, se taparon los oídos y
todos a una se precipitaron sobre él. Lo sacaron fuera de la ciudad y empezaron
a apedrearlo. Los falsos testigos depositaron sus mantos a los pies de un
joven, llamado Saulo.
Mientras lo apedreaban, Esteban repetía esta oración: "Señor Jesús, recibe
mi espíritu". Después se puso de rodillas y dijo con fuerte voz:
"Señor, no les tomes en cuenta este pecado". Diciendo esto, se durmió
en el Señor.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Comentario:
Enseñanzas de un gran contraste
Entre el día de ayer y el de hoy se dan inmensos contrastes. Ayer
celebrábamos un nacimiento; hoy recordamos una muerte. Ayer se proclama la paz
en cánticos del cielo; hoy un alud de insultos y pedruscos ejerce violencia en
la tierra. Ayer nos hemos gozado viendo el triunfo del amor; hoy parecieran
imponer su lenguaje la intransigencia y el odio.
Mas hay también nexos profundos entre ambas celebraciones. La
muerte de Esteban no es otra cosa que un nacimiento, un nacer para el cielo.
Como dicen los Santos Padres: "nació Cristo en la tierra para que Esteban
pudiera nacer para el cielo".
Además, la paz de la natividad, según comentábamos en otra ocasión,
no es ausencia de problemas sino superación interior del poder tiránico que los
problemas quieren tener sobre nosotros. De acuerdo con ello, no están distantes
la paz de la Navidad, en medio de tantos sinsabores, y la paz del martirio de
Esteban, en medio de tantos insultos y piedras. Finalmente, es un mismo amor el
que vence los obstáculos para que Cristo venga al mundo y el que vence las
agresiones que pretenden impedir su reinado en nuestros corazones. El amor hizo
la Navidad; el amor hizo al primer mártir.
Del salmo 30 R/. En tus
manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
Sé tú, Señor, mi fortaleza y mi refugio, la muralla que me salve. Tú, que eres
mi fortaleza y mi defensa, por tu nombre, dirígeme y guíame. R/.
En tus manos encomiendo mi espíritu y tú, mi Dios leal, me librarás. Tu
misericordia me llenará de alegría, porque has visto las angustias de mi alma.
R/.
Líbrame de la mano de mis enemigos y de aquellos que me persiguen. Vuelve,
Señor, tus ojos a tu siervo y sálvame por tu misericordia. R/.
ACLAMACIÓN (Sal 117, 26.
27) R/. Aleluya, aleluya.
¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Que el Señor, nuestro Dios, nos
ilumine. R/
.
No serán ustedes los que hablarán, sino el
Espíritu de su Padre.
Del santo Evangelio según
san Mateo: 10, 17-22
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: "Cuídense de la
gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los
llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí
ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los entregue, no se preocupen por
lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque, en ese momento se les
inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el
Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.
El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre, a su hijo; los hijos
se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por
mi causa, pero el que persevere hasta el fin se salvará".
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Comentario:
Perseverar hasta el fin
El evangelio de hoy nos invita, como es natural, a admirar la
gracia propia del martirio, un género de muerte particularmente espantoso, pero
también particularmente significativo y fecundo. Y en este evangelio Jesús nos
apremia a perseverar hasta el final. Ese llamado adquiere un tono particular
cuando lo relacionamos con la Navidad. Un nacimiento es un comienzo, y he aquí
una lectura que nos llama a llegar hasta el final.
Y tiene mucho sentido, porque de poco sirve acoger a Cristo bebé
si no es para dejarlo crecer en nosotros. Sea la última enseñanza de esta
reflexión meditar en ello: ¿he acogido al Niño Jesús para dejarlo crecer en mí?
Un santo, como es santo Esteban, es uno que dejó crecer a Jesús en sí mismo. La
santidad, especialmente la santidad del martirio, no es otra cosa que un Cristo
maduro, un Cristo que ha crecido en la vida de alguien.
Quede, pues, el propósito: mientras celebramos a Cristo Niño en Belén
y mientras nos alimentamos de Cristo-Eucaristía en la Santa Misa, crezca Él en
nosotros; viva su misterio en nosotros, cumpla su edad perfecta en nosotros,
como ya la cumplió en Esteban, su primer gran testigo.
No se dice Credo
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Acepta, Señor, el sacrificio de alabanza que vamos a ofrecerte en
memoria del glorioso mártir san Esteban, y confírmanos en la fe que él
atestiguó con su propia sangre. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio I-III de Navidad.
ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN
(Hch 7, 58)
Mientras lo apedreaban, Esteban oraba así: Señor Jesús, recibe mi
espíritu.
ORACIÓN DESPUÉS DE LA
COMUNIÓN
Que esta sagrada Eucaristía que hemos recibido, al celebrar hoy a
san Esteban, el primero de tus mártires, nos llene, Señor, de alegría y de gratitud
por el nacimiento de Cristo, nuestro salvador, que vive y reina por los siglos
de los siglos.
Reflexión:
Cielos Abiertos
En adviento recordábamos, quizá con lágrimas de devoción en
nuestros ojos, aquella plegaria sentida de Isaías: "ojalá rasgaras el
cielo y bajaras" (Is 64,1). Esta oración fue escuchada, y la Navidad es la
gran respuesta a ella. Pero Jesús, que "rasgó los cielos", y bajó,
"es el mismo que subió" (Ef 4,10), de modo que los cielos, abiertos
por su amor para que él bajara, han quedado así abiertos por su amor para que
nosotros subamos, y Esteban es en cierto modo el primero en hacerlo.
No olvidemos, pues: el fruto de la Navidad son los cielos
abiertos. Por eso abundan los ángeles, por eso también las súplicas de los
hombres son particularmente escuchadas, según aquello que hemos aprendido que
Jesús dijo a Santa María Margarita Alacocque: "lo que quieras pedir,
pídelo por los méritos de mi infancia, y nada te será negado". No es una
fórmula "mágica", sino la expresión, en términos de confianza y de
intercesión, de aquello que hemos afirmado: la Navidad significa cielos
abiertos.
Poco antes de morir Esteban proclamó este misterio. Su muerte era
su gran Navidad. Dijo, en efecto: "Veo los cielos abiertos y al Hijo del
hombre de pie a la derecha de Dios" (Hch 7,56). Nuestra muerte, como la de
Esteban, ha de ser eso: ver los cielos abiertos, ver al Hijo de Dios.
Homilías de Fr. Nelson Medina, O.P.
