Santos: Juan apóstol y evangelista; Fabiola de Roma,
penitente. Beata Sara Salkanhazi, mártir. Fiesta (Blanco)
UN
TESTIGO DE LA PRIMERA HORA
1 Jn
1,1-4, Jn 20,2-9
San Juan evangelista, el
discípulo que había llegado primero, el que vio y creyó. La tradición del
cuarto Evangelio se asienta en la figura del discípulo amado. La tradición nos
lo presenta en calidad de testigo fiel de la persona y la obra de Jesús. No fue
un aprendiz de sermones, ni un devorador de libros, sino un amigo íntimo que
siguió el camino de su Señor. Desde esa condición de íntimo amigo del Señor
Jesús rindió su testimonio. La Primera de las cartas que llevan su nombre se
abre con un hermoso prólogo donde el portavoz del testimonio, ratifica su
condición de testigo de primera mano. Su experiencia personalísima comenzó en
Galilea, ahí aprendieron a reconocer la luz de Dios presente en Jesús. Todo lo
que vivieron desde el principio y que continuaron deletreando a lo largo de
todo su ministerio fue lo que compartieron a la segunda generación cristiana:
la desbordante oferta de vida que Dios les había hecho a través de su Hijo
Jesús.
ANTÍFONA
DE ENTRADA
En la última cena, Juan reclinó
su cabeza sobre el pecho del Señor. Éste es el Apóstol a quien fueron revelados
secretos celestiales y a quien fue concedido difundir palabras de vida por toda
la tierra.
Se dice Gloria.
ORACIÓN
COLECTA
Dios nuestro, que por medio del
Apóstol san Juan, has querido descubrirnos la profundidad de la vida y del amor
de tu Hijo, haz que seamos capaces de conocer y de amar cada día más a
Jesucristo, nuestro redentor, que vive y reina contigo...
LITURGIA
DE LA PALABRA
Les anunciamos lo que
hemos visto y oído.
De la
primera carta del apóstol san Juan: 1, 1-4
Queridos hermanos: Les
anunciamos lo que ya existía desde el principio, lo que hemos oído y hemos
visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y hemos tocado con
nuestras propias manos. Nos referimos a aquel que es la Palabra de la vida.
Esta vida se ha hecho visible y nosotros la hemos visto y somos testigos de
ella. Les anunciamos esta vida, que es eterna, y estaba con el Padre y se nos
ha manifestado a nosotros. Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para
que ustedes estén unidos con nosotros, y juntos estemos unidos con el Padre y
su Hijo, Jesucristo. Les escribimos esto para que se alegren y su alegría sea
completa.
Palabra de Dios. Te
alabamos, Señor.
Comentario:
Ojos a lo alto, mirada a lo profundo
Dos características destacan indudablemente, en los escritos del
apóstol Juan; dos notas que parecen contradecirse en términos físicos, pero se
complementan bellamente cuando se trata de espiritualidad: altura y
profundidad, es decir: ojo a lo alto y mirada a lo profundo.
Este es el evangelista que hunde su mirada en el misterio admirable del
Verbo y arranca del Cielo palabras que parecían prohibidas a los mortales. La
audacia de su mensaje compite con la belleza de su expresión, de modo que el
corazón creyente, cuando de veras lee a Juan, llega asentir esa especie de
embriaguez deliciosa que se siente en los lugares altísimos, cuando todo se
hace visible y adquiere por así decirlo su lugar en el conjunto sobrecogedor e
imponente.
Nadie piense, sin embargo, que estamos hablando de un poeta de
fantasías o de un novelista de seres o sensaciones imaginarias. Apegado a lo
concreto y a lo real, mira qué nos ofrece: "lo que hemos oído, lo que
hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos
acerca de la Palabra de la vida...". No es un vendedor de quimeras, no es
un soñador atorado en sus ilusiones: es ante todo un testigo.
Del
salmo 96 R/. Alégrense, justos, con el Señor.
Reina el Señor, alégrese la tierra; cante de regocijo el mundo entero.
Tinieblas y nubes rodean el trono del Señor, que se asienta en la justicia y el
derecho. R/.
Los montes se derriten como cera ante el Señor de toda la tierra. Los cielos
pregonan su justicia, su inmensa gloria ven todos los pueblos. R/.
Amanece la luz para el justo y la alegría para los rectos de corazón.
Alégrense, justos, con el Señor y bendigan su santo nombre. R/.
ACLAMACIÓN
R/. Aleluya, aleluya
Señor, Dios eterno, alegres te cantamos, a ti nuestra alabanza. A ti, Señor, te
alaba el coro celestial de los apóstoles. R/.
El otro discípulo corrió
más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro.
Del santo
Evangelio según san Juan: 20, 2-9
El primer día después del
sábado, María Magdalena vino corriendo a la casa donde estaban Simón Pedro y el
otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del
sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto".
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo
juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al
sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.
En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el
sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había
estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino
doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había
llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían
entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los
muertos.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Comentario:
“Esta Palabra se hizo carne para que pudiera ser tocada con las
manos” (San Agustín, oficio de lectura)
Como decíamos ayer, hoy la
Iglesia nos propone celebrar a San Juan, apóstol y evangelista. Celebramos al
amigo fiel que recostó su cabeza sobre el pecho de Jesús en la Última Cena… y
si se cuenta de aquella vez, seguramente lo había hecho otras veces antes. ¿No?
Es el amigo de Jesús, el joven e impulsivo que adelanta a Pedro en su carrera
hacia el sepulcro vacío. Es el amante de los símbolos y la belleza. Es el
evangelio de la Palabra hecha carne. Es el seguidor del Amor, por amor.
No es poesía. ¡Es cierto! Porque
también es el que fue capaz de intuir que en la Cruz está ya la Gloria. El
evangelio de Juan no hace ninguna alusión a la infancia y nacimiento de Jesús
en Belén, pero nos habla del “principio” con tal fuerza y convencimiento que no
puede dejar de unirlo a la vivencia personal aquí y ahora: lo hemos visto con
nuestros ojos y lo hemos tocado con nuestras manos, ¡y por eso podemos
anunciarlo!
Si la Palabra eterna, inmutable,
origen de cuanto existe, se hizo carne para poder ser tocada con las manos, y
es algo reservado a quienes vivieron históricamente con Jesús, ¿qué sentido
tiene seguir proclamándolo hoy y orando con ello! Sin duda, se nos está
queriendo decir algo más. Tú y yo también podemos tocar con las manos la
Palabra hecha carne. ¡Qué belleza y qué increíble Misterio! La primera lectura
de hoy termina afirmándolo con claridad: “os digo esto para que nuestra alegría
sea completa”. Y el salmo lo confirma: ¡alegraos!
Quizá no haya tanta diferencia
entre contemplar la escena de la Resurrección que hoy nos propone la Iglesia y
la escena de Belén que estos días nos rodea por todos lados. Juan vio las
vendas en el suelo y creyó. Los pastores vieron un niño en un pesebre y
creyeron. Ver y creer. Esta puede ser hoy nuestra llamada y misión. En la
carne, en lo que oculta la Palabra y donde la Palabra quiso habitar para
siempre, ahí el amor no espera. Quiere que lo toquemos y creamos. Que viendo,
creamos. Que creyendo, amemos.
Rosa Ruiz, Misionera Claretiana
No se dice Credo.
ORACIÓN
SOBRE LAS OFRENDAS
Santifica, Señor, los dones que
te presentamos, y haz que, por esta Eucaristía, participemos del conocimiento
profundo de tu Hijo que concediste a san Juan en la última cena. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio
I-III de Navidad.
ANTÍFONA
DE LA COMUNIÓN (Jn 1, 14. 16)
El Verbo se hizo hombre y
habitó entre nosotros, y de su plenitud todos participamos.
ORACIÓN
DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Por medio de este sacramento que hemos recibido en la fiesta de san Juan
Evangelista, concédenos, Señor, que habite siempre en nosotros tu Hijo,
Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
