
DIOS QUIERE ENCARNARSE EN CADA UNO DE NOSOTROS
1. El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros. Cuando se acerca la Navidad muchas familias cristianas colocan un sencillo y adornado Belén en un sitio muy visible de la casa. Quieren, simbólica y devotamente, que el niño Dios acampe entre ellos durante los días que duran estas fiestas. Es una costumbre bonita y tierna que puede ayudar, sobre todo a los niños, a comprender algo de lo que realmente es el misterio de la encarnación de Dios en un niño tan frágil y necesitado como cualquiera de nosotros. Pero la celebración del misterio no puede, ni debe, quedarse en eso. La Navidad no debe reducirse a conmemorar un acontecimiento histórico que ocurrió hace ya algo más de dos mil años. Dios se encarnó en Cristo para que nosotros, unidos a él, podamos seguir haciendo presente en nuestras vidas la vida de Cristo. La encarnación de Dios en Cristo debe hacer posible la encarnación de Dios en cada uno de nosotros. Dios se hizo hombre para que, como dice San Agustín, nosotros podamos, de alguna manera, ser dioses. A través de la encarnación de Dios en Cristo, Dios quiere encarnarse en la vida de cada uno de nosotros. El mejor Belén en el que Dios quiere acampar es nuestro corazón; debemos hacer de nuestro corazón un altar donde pueda acampar y vivir el Hijo de Dios.
2. La virtud necesaria e imprescindible que nos exige el Señor para poder acampar en nuestro corazón es la virtud del amor. Dios es amor y sólo a través del amor podemos llegar a él. No un amor teórico, ni simplemente contemplativo, sino un amor activo y desbordante que llega hasta nuestro prójimo, sobre todo hasta el prójimo que más nos necesite. Una Navidad que no tenga en cuenta el amor al prójimo no es una Navidad cristiana. Si Dios acampa entre nosotros, junto a nosotros, debe haber siempre a nuestro lado un espacio donde pueda estar el prójimo más necesitado. La Navidad es la fiesta de un Dios que se ha hecho hombre y ha querido compartir nuestra pobreza y nuestra debilidad. Si en estas fiestas de Navidad no se hace visible, en nuestro comportamiento, el amor de Dios al prójimo necesitado, realmente no estamos celebrando cristianamente la fiesta de la Navidad cristiana.
3. Como nos dice repetidamente san Pablo, todos los cristianos, sin distinción, formamos el cuerpo místico, el cuerpo total, de Cristo.El mismo Dios que se encarnó en Cristo quiere encarnarse y hacerse visible en cada uno de los cristianos. Por eso, yo creo que, además de celebrar en Navidad la encarnación de Dios en Cristo Jesús, debemos celebrar, con gozo y agradecimiento, las encarnaciones de Dios en cada uno de nosotros, los cristianos.
Gabriel González del Estal
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NOS HA TOCADO LA LOTERÍA DEL NIÑO
1.- Nos ha tocado el Gordo de la Lotería, de la Lotería del Niño (**). No hay botellas de champán que salpican y ensucian, pero hay alegría de ángeles que sin piernas dan saltos de alegría y sin brazos se dan grandes abrazos. Y otros con la barbilla apoyada en el pesebre no dan crédito a sus ojos y allá dentro de su corazoncillo de espuma nos tienen envidia a los hombres.
Ya lo dice el canto: “paz a los hombres que ama el Señor, que tanto ama el Señor”. Tanto que se hace hombre y no se hace ángel. Nos ha tocado la lotería de ser hombres. Y la lotería de tener un Dios que es hombre como nosotros. Y este Dios es el gran descubrimiento de la Navidad, nos muestra lo que es Dios de verdad. Y lo que somos los hombres de verdad.
2.- Esa cara coloradita de niño recién nacido nos muestra que Dios antes de ser poder absoluto, ciencia absoluta, ser absoluto, es amor absoluto. En Navidad nace en Belén el Dios enamorado y muere en cualquier rincón el Dios de los filósofos.
La Navidad nos muestra que la grandeza de Dios no está en haber creado el universo entero, sino en haberse puesto en los brazos del hombre olvidándose de sus grandezas eternas e infinitas.
En Belén nos dice San Pablo, se nos ha aparecido la benignidad de Dios y su amor a los hombres. Amor desatinado, amor loco, sin fundamento, porque qué podía encontrar Dios en el gusano-hombre para hacerse uno de ellos.
¿Podemos entender que la inmensidad del mar sea absorbida por ese hombrecillo que pasea por la playa? ¿Puede el inmenso mar hacerse uno con ese ser que lanzado al mar sin orillas apenas se le puede distinguir desde el helicóptero que busca salvarle? Pues es una pálida comparación porque el mar tiene límites y Dios no.
Podemos creer o no que Dios se ha hecho hombre, pero si lo creemos no podemos hacerlo sin sensación de vértigo, de perder la cabeza, de total incomprensión, de admiración. Esto es lo que nos enseña la Navidad que Dios se ha vuelto loco de amor por el hombre.
3.- Y nos ha tocado la lotería de ser hombres, no por nuestros conocimientos científicos, ni técnicos, ni filosóficos, sino porque la Navidad nos ha demostrado que el hombre tiene capacidad para recibir a Dios y hacerse uno con Él.
En Belén, de repente, nos damos cuenta de que en el hombre cabe Dios. Este ser nuestro que creíamos pequeño y miserable se estira hasta llegar a la medida de Dios.
En Belén ha nacido una nueva humanidad, la de nuestra lotería del Niño que hace al hombre tan rico que se puede codear con Dios.
(**) En España hay dos sorteos de la Lotería nacional en los que tradicionalmente todo el mundo juega: el de Navidad y el del Niño. Este último tiene el sorteo la víspera de la Festividad de los Reyes Magos, fiesta de los niños por excelencia.
José María Maruri, SJ
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¡DIOS SE DEJA ACARICIAR!
¡ALELUYA! ¡DIOS HA NACIDO! Esta exclamación, nada ni nadie la puede acallar. Lo esperado desde siglos, se hace realidad en Jesús. Y, este gran acontecimiento, nos ha puesto en pie. ¡Esto si qué es la Navidad!
También nosotros, como los pastores, hemos escuchado y sentido el anuncio del Ángel. “Hoy en Belén os ha nacido el Salvador”. Y ¿Cuál ha sido nuestra reacción? ¡La que tenía que ser! ¡Nos hemos puesto en camino! Hemos dejado los valles de nuestras distracciones porque, el REY DE REYES, merece nuestra cercanía, nuestra oración y nuestra acogida. La estrella luce; los pastores ofrecen; los reyes adoran; Herodes se incomoda…y nosotros, para no ser menos, brillamos con la luz de la fe, ofrecemos lo que somos y adoramos a Jesús conscientes de que, Rey, ¡sólo El!
Llegar aquí, en esta mañana santa de la Navidad, es prolongar en el tiempo y en el espacio, lo que ayer noche en Belén se hizo prodigio, milagro, humildad y salvación: DIOS EN MEDIO DE NOSOTROS. En este Año de la Fe, frente al pesebre, con el corazón en la mano y la emoción en los labios le decimos a Dios: creemos en Ti, creemos en tu presencia humana y divina, creemos en la fuerza del Espíritu Santo. ¡Que no nos falte el milagro de este día, Señor! ¡La fe!
1 .Asomarnos aquí, a la sombra del portal, es agradecer a Dios el hecho de que sigue apostando por el hombre; de que sigue confiando en nosotros. ¡Tanto confía que del hombre se fía y se hace hombre como nosotros! ¡Gracias, amigo y Señor!
Contemplar aquí, delante de la Sagrada Familia el Misterio, es dejarse impresionar por el amor gigantesco de Dios. Belén, en este día de Navidad, tiene sabor a fraternidad. En Belén, los seres humanos, se dan la paz. Y, en Belén, al abrazarnos con Dios no hacemos otra cosa que, en su pobreza, enriquecernos con todo lo bueno que Dios tiene, con todo lo bueno que Él nos da.
•Nos fundamos a su pobreza, purificaremos nuestra altanera riqueza
•Nos afiancemos a su humildad, ablandará nuestro altivo orgullo
•Nos envolvamos en su amor, hará más auténticas y radicales nuestras entregas
•Nos perdamos en su alegría, y nuestra felicidad dejará de ser una máscara
2. Si Dios siendo rico, se hace indigente por nosotros, algo debe existir en nuestra vida ordinaria que no gusta a Dios. Algo que necesita ser recuperado, elevado y dignificado. La Navidad, es la gran riqueza que Dios pone en medio de un mundo que, en el fondo, es pobre y mendigo de un amor auténtico.
Como los pastores hemos creído las palabras del Ángel. Y, estas palabras, nos han producido una inmensa alegría, una profunda emoción: todos nos sentimos un poco niños en el día de Navidad.
En el día de Navidad, Dios, nos deja sin argumentos. Queríamos pruebas de su amor, y se hace como uno de nosotros. Nos quejábamos de su lejanía, y se deja besar y contemplar en un Niño. ¿Puede hacer más Aquel que no tenía necesidad de tanto?
Aun así, a algunos, les parecerá poco o nada. Seguirán embelesados y perdidos con sus dioses. Mirando a la luna o extasiándose con el sol. Aquello de “vino a los suyos y los suyos no le recibieron” vuelve a repetirse en los corazones obstinados. En las personas que se dejan seducir por lo inmediato y son incapaces de abrirse al Misterio.
Dios, en Belén, sabe que se la juega y con mucho riesgo. Se encarna en todo con el hombre: sufrirá, gozará, llorará, dudará pero al final, por Jesús, salvará. Hoy, en la cuna de Belén, el amor calla. Mañana, en Viernes Santo, el amor que fue pequeño y grande en Belén, será también igual de humilde, gigantesco, igual de solitario…pero más sangriento.
Entre maderas apareció el amor de Dios en el mundo, y entre maderas marchará el amor de Jesús de este mundo.
Eso sí, a los pies de esas cuatro tablas –tanto en el pesebre como en la cruz– estuvo y está quien sabe siempre estar y esperar: MARIA.
Que Ella, la que ha hecho posible esta Navidad, nos ayude acercarnos al pesebre para ver al recién nacido. Que nos ayude a reflexionar sobre el sentido de estos días. Que nos empuje para beber en la fuente del amor que es Belén. Que, como Madre, nos siente en su regazo y nos rescate de la indiferencia, del egoísmo y tantos obstáculos que nos impiden abrirnos a Dios y a los demás.
+ ¡Bendita sea la Navidad! ¿Por qué Dios pudiendo haber venido en séquito real, lo hizo en humilde pesebre?
+ ¡Bendita sea la Navidad! ¿Por qué Dios, que lo tenía todo, se aventuró a perderlo todo?
+ ¡Bendita sea la Navidad! ¿Por qué Dios, teniéndolo todo, prefirió presentarse sin nada?
+ ¡Bendita sea la Navidad! Ya que el hombre olvida y no mira a Dios, Dios –que mira mucho por el hombre– sale a nuestro encuentro para que no olvidemos que camina y vive junto a nosotros.
+ ¡Bendita sea la Navidad! Porque, en este Año de la Fe, nos invita a reavivar el fuego de Belén, a hacer más cálidos los pañales de nuestra generosidad, a alentar –allá donde fuera necesario– la presencia de un Dios que vive mucho más cerca de lo que algunos creen, piensan o intentar solapar. ¡FELIZ NAVIDAD! ¡DIOS ESTÁ CON NOSOTROS!
Javier Leoz
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