MIÉRCOLES DE CENIZA
Santos: San Castor de Aquitania, presbítero, Benigno de Todi, mártir;
Esteban de Rieti, abad. (Morado)
LOS SACOS ROTOS
Jl 2,12-18, 2 Co 5,20,6,2; Mt 6.1-6.16-18
No echen en saco roto la gracia de Dios, escribe san Pablo a los cristianos
de Corinto. Exhortación semejante plantea el profeta Joel a sus contemporáneos
azotados por una plaga de langostas y una consecuente y terrible hambruna.
Conviene cambiar desde dentro y externar con algún signo externo, el firme
deseo de reordenar la vida conforme a los criterios de Dios, dice el profeta.
En la misma línea resuena el mensaje del Señor Jesús en el Evangelio de san
Mateo: la vida de los creyentes no es una representación teatral ni una
exhibición engañosa. El discípulo que emprende un camino de reconciliación con
Dios busca la aprobación divina y no los aplausos o reconocimientos de sus
semejantes. Las motivaciones genuinas del creyente no se pueden camuflar. Los
verdaderos amigos de Dios nos asombran con la mansedumbre de corazón y la
generosidad de su entrega.
En la Misa de este día se bendice y se impone la ceniza hecha de ramas de
olivo o de otros árboles, bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior.
RITOS INICIALES Y LITURGIA DE LA PALABRA
ANTÍFONA DE ENTRADA (Sb 11, 24-25. 27)
Señor, tú tienes misericordia de todos y nunca odias a tus creaturas;
borras los pecados de los hombres que se arrepienten y los perdonas,
porque tú, Señor, eres nuestro Dios.
Se omite el acto penitencial, que es sustituido por el rito de la
imposición de la ceniza.
ORACIÓN COLECTA
Que el día de ayuno con el que iniciamos, Señor, esta Cuaresma, sea el
principio de una verdadera conversión a ti y que nuestros actos de penitencia
nos ayuden a vencer al espíritu del mal. Por nuestro Señor Jesucristo...
LITURGIA DE LA PALABRA
Enluten su corazón y no sus vestidos.
Del libro del profeta Joel: 2, 12-18
Esto dice el Señor: "Todavía es tiempo. Conviértanse a mí de todo
corazón, con ayunos, con lágrimas y llanto; enluten su corazón y no sus
vestidos. Conviértanse al Señor su Dios, porque es compasivo y misericordioso,
lento a la cólera, rico en clemencia, y se conmueve ante la desgracia".
Quizá se arrepienta, se compadezca de nosotros y nos deje una bendición, que
haga posibles las ofrendas y libaciones al Señor, nuestro Dios.
Toquen la trompeta en Sión, promulguen un ayuno, convoquen la asamblea,
reúnan al pueblo, santifiquen la reunión, junten a los ancianos, convoquen a
los niños, aun a los niños de pecho. Que el recién casado deje su alcoba y su
tálamo la recién casada.
Entre el vestíbulo y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor,
diciendo: "Perdona, Señor, perdona a tu pueblo. No entregues tu heredad a
la burla de las naciones". Que no digan los paganos: "¿Dónde está el
Dios de Israel?".
Y el Señor se llenó de celo por su tierra y tuvo piedad de su pueblo.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Comentario:
La drástica expresión de la primera lectura nos impacta: "desgarren
los corazones". Sin embargo, un corazón desgarrado es un corazón próximo
al encuentro con el Señor, por más de una razón.
Ante todo, un corazón desgarrado es un corazón ABIERTO. Cerramos el corazón
cuando no queremos escuchar; lo cerramos cuando no queremos sentir; lo
clausuramos cuando preferimos no compadecernos de nadie si no es de nosotros
mismos; lo sellamos a fuego cuando pretendemos que podemos resolverlo todo y
que no hace falta un Dios en nuestra vida. Un corazón cerrado es un sepulcro.
Abrir el corazón es dejarlo respirar, dejarlo escuchar, dejarlo sentir. Pero
para abrir un corazón que se sentía cómodo en su propia cárcel hay que
desgarrarlo.
Un corazón desgarrado es un corazón DOLIENTE. El pecado nos atrajo con la
seducción de la alegría y con la golosina del placer. El pecado utilizó a la
belleza y se hizo acompañar de la risa para envolvernos en su encanto
mentiroso. Dejar estas mieles duele y abandonar estas caricias es duro. Pero en
ese dolor empieza un camino de genuina salvación, y por eso hemos de considerar
como bendito ese sufrimiento primero que nos desprende por fin del engaño.
Del salmo 50 R/. Misericordia, Señor, hemos pecado.
Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis
ofensas. Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados. R/.
Puesto que reconozco mis culpas, tengo siempre presentes mis pecados.
Contra ti sólo pequé, Señor, haciendo lo que a tus ojos era malo. R/.
Crea en mí, Señor, un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir tus
mandamientos. No me arrojes, Señor, lejos de ti, ni retires de mí tu santo
espíritu. R/.
Devuélveme tu salvación, que regocija, y mantén en mí un alma generosa.
Señor, abre mis labios y cantará mi boca tu alabanza. R/.
Aprovechen este tiempo favorable para reconciliarse con Dios.
De la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios: 5, 20-6, 2
Hermanos: Somos embajadores de Cristo, y por nuestro medio, es como si Dios
mismo los exhortara a ustedes. En nombre de Cristo les pedimos que se dejen
reconciliar con Dios. Al que nunca cometió pecado, Dios lo hizo
"pecado" por nosotros, para que, unidos a Él, recibamos la salvación
de Dios y nos volvamos justos y santos.
Como colaboradores que somos de Dios, los exhortamos a no echar su gracia
en saco roto. Porque el Señor dice: En el tiempo favorable te escuché y en el
día de la salvación te socorrí. Pues bien, ahora es el tiempo favorable; ahora
es el día de la salvación.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Comentario:
Una fe sincera
La voz recia de Jesucristo nos despierta en este día y llama a todos a una
religión sincera. Sus palabras se refieren a las tres grandes prácticas de la
piedad judía, válidas también para nosotros, como lo enseñó Jesús con su
ejemplo. Se trata de la oración, el ayuno y la limosna.
La sinceridad tiene un rostro muy concreto en la predicación de Jesús, y
puede resumirse en estas palabras: "evita hacer las cosas para que te
vean". No es la aprobación de la gente la que te hará aprobado ante Dios.
No es el aplauso de la gente lo que te va a indicar la benevolencia de Dios.
Necesitas de silencio y soledad para alcanzar sinceridad. Sólo cuando tus actos
tengan por motor el deseo de agradar al Dios "que ve en lo escondido"
alcanzarás una religión auténtica y limpia.
Dios "ve en lo escondido". No es un espía, ni tampoco un
entrometido, como calumniaron los existencialistas ateos, con Sartre a la
cabeza. No es un desocupado, ni tampoco un chismoso. Sencillamente, el universo
le pertenece. Simplemente, somos obra suya. No es una elección de Dios
conocernos hasta la entraña de nuestro ser: es la consecuencia natural del
hecho básico que hizo posible nuestro ser: somos sus creaturas. La mirada
divina es el ámbito de verdad en que reconocemos la primera y radical afirmación
de lo que somos: creaturas. Sólo ante esa verdad y esa radical pertenencia a él
alcanzamos la verdad, primero en nuestra conciencia y luego ante los hermanos.
ACLAMACIÓN (Cfr. Sal 94, 8) R/. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Hagámosle caso al Señor, que nos dice: "No endurezcan su
corazón". R/.
Tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Del santo Evangelio según san Mateo: 6, 1-6. 16-18
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Tengan cuidado de no
practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo
contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.
Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen
los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los
hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando
des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu
limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les
gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que
los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en
cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu
Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te
recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que
descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están
ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando
ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que
estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo
secreto, te recompensará".
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Comentario:
Un tiempo favorable
A la vista de estos llamados de la gracia en la voz de Nuestro Señor y de
sus profetas entendemos la expresión apremiante de San Pablo en la segunda
lectura de hoy: " ¡En nombre de Cristo les suplicamos que se dejen
reconciliar con Dios! ".
Esta época, esta cuaresma, es "un tiempo favorable". Lo mejor que
podía sucedernos quiere sucedernos. Dios quiere llegar a nuestra vida y
reconstruirla. Dios sabe quiénes somos; conoce lo escondido, y así como somos
nos acepta; aunque no para dejarnos cuales somos sino para hacernos cada vez
más imagen y semejanza suya. Este es el tono sereno y profundo de gozo que se
esconde detrás de la penitencia que hoy empezamos.
BENDICIÓN DE LA CENIZA
Después de la homilía, el sacerdote, de pie y con las manos juntas, dice:
Hermanos, pidamos humildemente a Dios Padre que bendiga con su gracia esta
ceniza que, en señal de penitencia, vamos a imponer sobre nuestras cabezas.
Y después de un breve momento de oración en silencio, prosigue:
ORACIÓN
Señor Dios, que te apiadas de quienes se humillan y concedes tu paz a los
que se arrepienten, escucha con bondad nuestras súplicas y derrama la gracia de
tu bendición sobre estos siervos tuyos que van a recibir la ceniza, para que,
fieles a las prácticas cuaresmales, puedan llegar, con un alma purificada, a
celebrar la Pascua de tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R/. Amén.
Y rocía la ceniza con agua bendita, sin decir nada.
IMPOSICIÓN DE LA CENIZA
Enseguida, el sacerdote impone la ceniza a todos los presentes que se
acercan a él, y dice a cada uno:
Arrepiéntete y cree en el Evangelio. (Mc 1, 15)
O bien:
Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver. (Cfr. Gn 3, 19)
Mientras tanto, se entona un canto apropiado.
ANTÍFONA (Cfr. JI 2, 13)
Renovemos nuestra vida con un espíritu de humildad y penitencia; ayunemos y
lloremos delante del Señor, porque la misericordia de nuestro Dios está siempre
dispuesta a perdonar nuestros pecados.
OTRA ANTÍFONA (JI 2, 17; Est 13, 17)
Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y
digan: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo, y no cierres la boca de aquellos
que te alaban.
OTRA ANTÍFONA (Sal 50, 3)
Borra, Señor, mis pecados.
Esta antífona puede repetirse después de cada verso del Salmo 50, "Por
tu inmensa compasión y misericordia".
RESPONSORIO (Cfr. Ba 3, 2)
R/. Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti.
Renovémonos y reparemos los males que por ignorancia hemos cometido; no sea
que, sorprendidos por el día de la muerte, busquemos, sin poder encontrarlo, el
tiempo de hacer penitencia. R/.(V. Sal 78, 9)
Ven en nuestra ayuda, Dios salvador nuestro; por el honor de tu nombre,
líbranos, Señor. R/.
Terminada la imposición de la ceniza, el sacerdote se lava las manos.
La ceremonia termina con la oración universal o de los fieles.
No se dice Credo.
LITURGIA EUCARÍSTICA
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Acepta, Señor, este sacrificio con el que iniciamos solemnemente la
Cuaresma, y concédenos que, por medio de las obras de caridad y penitencia,
venzamos nuestros vicios y, libres de pecado, podamos unirnos mejor a la pasión
de tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Prefacio III o IV de Cuaresma
ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN (Sal 1, 2. 3)
El que medita la ley del Señor día y noche, dará fruto a su tiempo.
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Que esta comunión abra, Señor, nuestro corazón a la justicia y a la
caridad, para que observemos el único ayuno que tú quieres y que conduce a
nuestra salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
La bendición e imposición de la ceniza pueden hacerse también sin Misa. En
este caso, conviene celebrar antes la liturgia de la Palabra, usando el canto
de entrada, la oración colecta y las lecturas con sus cánticos, como en la
Misa. Enseguida se tienen la homilía y la bendición e imposición de la ceniza.
La ceremonia se termina con la oración universal.