Santos: Vicente Ferrer, presbítero; María Crescencia Hoss, laica; Irene de Grecia, mártir. Feria (Blanco)
LA SALVACIÓN NO ESTÁ EN NINGÚN OTRO
Hch 4, 1-12; Jn 21, 1-14
Podría sonar como una frase excluyente y poco ecuménica, pero no lo es. Como toda confesión es un acto de amor y confianza, es una declaración libre y personal. Una persona confiesa su amor por alguien único y por nadie más. Nadie se molesta porque un joven diga que no tiene interés, ni afecto entrañable sino por una sola mujer. Los discípulos y primeros seguidores de Jesús comparecen ante el Sanedrín y testimonian su exclusiva confianza y fidelidad a Jesús. Otros y otras en Israel transitarían por otros caminos de salvación. Los galileos que habían subido con Él a Jerusalén habían quedado persuadidos de que el Padre había librado a su Maestro de la muerte y que no había necesidad de seguir buscando alternativas. El Señor había sorprendido a los siete pescadores después de una noche desastrosa. Regresaban del lago con las manos vacías, e interiormente también estaban aterrados. Habían regresado asustados y a toda prisa de Jerusalén a Galilea, sacudidos y conmocionados por la repentina y brutal ejecución de su Maestro. Luego de varios encuentros, la esperanza renacería para nunca más decaer.
ANTÍFONA DE ENTRADA (Sal 77, 53)
El Señor liberó a su pueblo y lo llenó de esperanza, y a sus enemigos los sumergió en el mar. Aleluya.
Se dice Gloria.
ORACIÓN COLECTA
Dios todopoderoso y eterno, que en el sacramento de la muerte y resurrección de tu Hijo ofreces a los hombres el pacto de la reconciliación y de la paz, concédenos realizar en nuestra vida este misterio que proclamamos con la fe. Por nuestro Señor Jesucristo...
LITURGIA DE LA PALABRA
Ningún otro puede salvarnos.
Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 4, 1-12
En aquellos días, mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, se presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos, indignados porque los apóstoles enseñaban al pueblo y anunciaban que la resurrección de los muertos se había verificado en la persona de Jesús. Los aprehendieron, y como ya era tarde, los encerraron en la cárcel hasta el día siguiente. Pero ya muchos de los que habían escuchado sus palabras, unos cinco mil hombres, habían abrazado la fe.
Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, el sumo sacerdote Anás, Caifás, Juan, Alejandro y cuantos pertenecían a las familias de los sumos sacerdotes. Hicieron comparecer ante ellos a Pedro y a Juan y les preguntaron: "¿Con qué poder o en nombre de quién han hecho todo esto?".
Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo: "Jefes del pueblo y ancianos, puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, para saber cómo fue curado, sépanlo ustedes y sépalo todo el pueblo de Israel: este hombre ha quedado sano en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos. Este mismo Jesús es la piedra que ustedes, los constructores, han desechado y que ahora es la piedra angular. Ningún otro puede salvarnos, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos".
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Comentario:
La seguridad de Pedro procede de la certeza interior de que Jesús es ahora el único Salvador. Toda la Iglesia de los orígenes vive de esta certeza, una certeza que la hace fuerte, intrépida, gozosa, misionera, irresistible. Las grandes epopeyas misioneras se han nutrido siempre de esta conciencia. La Iglesia será siempre misionera mientras se interese por la salvación del prójimo, a la luz de Cristo salvador. Nuestros tiempos no resultan demasiado fáciles a este respecto: es preciso respetar las conciencias, está el diálogo interreligioso, es preciso promover la paz, existe la propagación de un cierto relativismo, está la desconfianza con respecto a todo tipo de integrismo. A pesar de todo ello, Cristo, ayer como hoy y como mañana, sigue siendo el único Salvador. De lo que se trata es de convertir esta certeza no en un arma contra nadie, sino en una propuesta paciente y firme, serena y motivada, testimoniada y hablada, orada y alegre, suave y valiente, dialogadora y confesante. En todo ambiente, en todo momento de la vida, aun cuando parezca tiempo perdido, incluso cuando parezca fuera de moda.
P. Juan R. Celeiro
Del salmo 117 R/. La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Aleluya.
Te damos gracias, Señor, porque eres bueno, porque tu misericordia es eterna. Diga la casa de Israel: "Su misericordia es eterna". Digan los que temen al Señor: "Su misericordia es eterna". R/.
La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente. Éste es el día del triunfo del Señor, día de júbilo y de gozo. R/.
Libéranos, Señor, y danos tu victoria. Bendito el que viene en nombre del Señor. Que Dios desde su templo nos bendiga. Que el Señor, nuestro Dios, nos ilumine. R/.
SECUENCIA opcional
ACLAMACIÓN (Sal 117, 24) R/. Aleluya, aleluya.
Éste es el día del triunfo del Señor, día de júbilo y de gozo. R/.
Se acercó Jesús, tomó el pan y se lo dio a sus discípulos y también el pescado.
Del santo Evangelio según san Juan: 21, 1-14
En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: "Voy a pescar". Ellos le respondieron: "También nosotros vamos contigo". Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.
Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: "Muchachos, ¿han pescado algo?". Ellos contestaron: "No". Entonces Él les dijo: "Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces". Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.
Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: "Es el Señor". Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.
Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: "Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar". Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: "Vengan a almorzar". Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: `¿Quién eres?', porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.
Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Comentario:
Uno de los mayores retos que tenemos los creyentes es el de ser capaces de ver en la rutina de nuestra vida diaria la presencia del Señor. Como somos humanos, probablemente tengamos mayor facilidad para tener un encuentro personal con Él con motivo de acontecimientos especiales, como la Semana Santa, por ejemplo.
Pero la Semana Santa ha pasado y, poco a poco, vamos volviendo a la normalidad de esa preciosa rutina que conforma nuestra vida habitual y en la que se entremezclan la familia y los amigos, el trabajo y las cosas de la casa, los buenos momentos y algún que otro disgusto.
Esta vida nuestra ordinaria ha de ser el sustrato, la tierra fértil en la que tenga lugar el crecimiento de la semilla de nuestra vida en Dios. Porque, convenceos, lo normal es que Dios nos salga al encuentro de la mano del hermano, del amigo, del compañero de trabajo, de la olla exprés, o en nuestro ir o volver del trabajo.
El evangelio de hoy nos presenta a los discípulos de Jesús incorporados a la normalidad de sus vidas después de las fuertes emociones vividas durante los días de la Pasión. Juan nos habla aquí de la presencia de cinco de los discípulos, todos ellos pescadores. Y hemos de dar por sentado que los otros seis estarían dedicados cada cual a sus propios oficios, a las actividades que constituían su vida ordinaria y de la cual vivían ellos y sus familias.
Los cinco a los que alude Juan han salido a pescar y, tras pasar toda la noche en brega, han terminado sin conseguir atrapar nada en sus redes. Cinco hombres expertos, utilizando todo el arte que conocen desde niños, son incapaces de pescar un solo pez en toda la noche.
Cuando está a punto de abandonar la faena (ya está amaneciendo), un desconocido se dirige a ellos para que lo intenten una vez más. Ellos aceptan la invitación y el resultado ya lo conocemos: la captura fue tan grande que no eran capaces de sacar la red del agua por el peso que llevaba.
Ni siquiera Juan se dará cuenta de que aquel que les habla (“muchachos”, les dice en tono familiar) es Jesús. Solo después que se ha producido el milagro caerá el velo de sus ojos, dándose cuenta y comunicándoselo a Pedro que, fiel a su carácter impetuoso, se lanza al mar para ir nadando hasta Jesús.
No deja de resultar curioso que, después de todo el tiempo que han convivido con Jesús no acierten a reconocerlo cuando se dirige a ellos. Y es que han convivido con Él, es cierto, pero no han dejado que sus corazones se volvieran permeables a su palabra, a su enseñanza. Han estado demasiado pendientes de SUS cosas, de SUS pensamientos, de SUS opiniones, de SUS puntos de vista. Han visto y oído a Jesús con sus sentidos humanos, pero no han consentido en cambiar “SUS” actitudes en la vida por las que les enseña el Maestro.
Probablemente también a ti y a mi nos pase algo parecido: somos seguidores de Jesús, nos confesamos discípulos, aceptamos su enseñanza… pero no nos convertimos, no nos atrevemos a dar el paso valiente y radical de cambiar nuestras actitudes por las que Él nos enseña. Preferimos ir por la vida echando las redes por el lado de la barca que más nos place. Nos dejamos guiar, generalmente, por nuestros sentidos, por nuestras opiniones, en vez de dar un margen amplio de confianza a nuestra fe.
Cualquier día de estos (¿porqué no hoy?) hemos de decirnos: “¡¡Ahora comienzo!!”, para empezar a convertir nuestra maravillosa rutina diaria, con nuestra familia y nuestros amigos, nuestro trabajo y las cosas de casa, nuestros buenos momentos y nuestros disgustos en acontecimientos en los que veamos de un modo patente y real a Jesús viviendo, codo con codo junto a nosotros, cada instante de nuestra vida.
Por Teófilo Amores Mendoza
No se dice Credo.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Acepta, Señor, estos dones que te presentamos, para que nos los conviertas en el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo resucitado, y transfórmanos a nosotros, para que, de las alegrías y trabajos de la tierra, podamos elevarnos al deseo de ti. Por Jesucristo, nuestro Señor.
PREFACIO I DE PASCUA
El Misterio Pascual
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y fuente de salvación glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en este día, en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado.
Porque Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo: muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida.
Por eso, con esta efusión del gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo...
ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN (Cfr. Jn 21, 12-13)
Dijo Jesús a sus discípulos: Vengan y coman. Y tomó un pan y lo repartió entre ellos. Aleluya.
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Señor, que tu amor paterno proteja siempre a quienes has salvado por medio de la pasión de tu Hijo, y que Cristo resucitado sea la fuente de todas nuestras alegrías. Por Jesucristo, nuestro Señor.
